Palabras, intentando explicar eso que se hace presente, mas nada se puede decir. Cuando algo surge y ocupa como una lava caliente, simplemente se cuela.
El mundo se vuelve de dos, nada hay mas allá de los destellos de una mirada fuerte, inquieta, temerosa, que ofrece una invitación a ser interpretada. Inmersos en un lenguaje otro, de piel.
Oscurece, y ese foco pequeño y rechinante, colgado en la muralla del río es todo lo que ilumina… hay viento y la luz tenue vira de acá para allá, siguiendo ese soplido que también nos acaricia esta noche de verano, dando escalofríos a la piel que en el día estuvo expuesta también a ese cielo…
La sonrisa no nos abandona y ya hace doler la cara, el corazón galopa sin dejar que las manos temblorosas y húmedas, se muevan más que para abrazar mis piernas cruzadas en el pecho. El menea sus rodillas colgando, con los hombros levantados y sus manos apoyadas como hamacándose en el murallón. Es tarde, pero la luna esta tan bella que es difícil abandonarla, los sauces que adornan el borde se mueven y se hacen oír. Estoy encantada.
El río siempre me dio paz, el ruido del agua contra la orilla despierta un sentimiento único, un deleite, extásico, me dejo llevar, como en un canto de sirenas. Hago silencio siempre que puedo disfrutar de la majestuosa sensación de estar cerca de algo tan inmenso. Me atrae la inmensidad. Necesito confundirme ahí.
El a mi lado; yo, en el medio del río con una balsa imaginaria, en esta serena noche, tocando con la punta de mis dedos el agua fresca, casi sin hacer ruido, embriagada de placer. Nos miramos y parecemos conectar en ese segundo, como si pudiese acompañarme.
No se cuando ya no estaba, creo que nunca podré olvidar esos enormes ojos, sus manos huesudas y blancas y sus dientes grandes e inmaculados, todo él se resumía ahí, niño de andar sereno, yo de saltar por la vida cual ardilla inquieta. El y el río se parecen.
Verónica. Enero/2010
El mundo se vuelve de dos, nada hay mas allá de los destellos de una mirada fuerte, inquieta, temerosa, que ofrece una invitación a ser interpretada. Inmersos en un lenguaje otro, de piel.
Oscurece, y ese foco pequeño y rechinante, colgado en la muralla del río es todo lo que ilumina… hay viento y la luz tenue vira de acá para allá, siguiendo ese soplido que también nos acaricia esta noche de verano, dando escalofríos a la piel que en el día estuvo expuesta también a ese cielo…
La sonrisa no nos abandona y ya hace doler la cara, el corazón galopa sin dejar que las manos temblorosas y húmedas, se muevan más que para abrazar mis piernas cruzadas en el pecho. El menea sus rodillas colgando, con los hombros levantados y sus manos apoyadas como hamacándose en el murallón. Es tarde, pero la luna esta tan bella que es difícil abandonarla, los sauces que adornan el borde se mueven y se hacen oír. Estoy encantada.
El río siempre me dio paz, el ruido del agua contra la orilla despierta un sentimiento único, un deleite, extásico, me dejo llevar, como en un canto de sirenas. Hago silencio siempre que puedo disfrutar de la majestuosa sensación de estar cerca de algo tan inmenso. Me atrae la inmensidad. Necesito confundirme ahí.
El a mi lado; yo, en el medio del río con una balsa imaginaria, en esta serena noche, tocando con la punta de mis dedos el agua fresca, casi sin hacer ruido, embriagada de placer. Nos miramos y parecemos conectar en ese segundo, como si pudiese acompañarme.
No se cuando ya no estaba, creo que nunca podré olvidar esos enormes ojos, sus manos huesudas y blancas y sus dientes grandes e inmaculados, todo él se resumía ahí, niño de andar sereno, yo de saltar por la vida cual ardilla inquieta. El y el río se parecen.